lunes, 1 de julio de 2013

TAJIN PARISI

VOZ Y VIDEO: BLADIMIR ( ECUADOR )
TEXTO: BETI ( MEXICO )


No sé ustedes, pero hay días que no corren como los demás días.
Uno de ellos se me atravesó hace más o menos un año,
cuando practicando peripecias de saltimbanqui electrónica,
me encontré con un Tajín caucásico, único, colosal.
Y es que conociendo yo al único tajín que ha acompañado mi infancia,
me resultó extraordinario acercarme, mirar y disfrutar
todo este baile de la naturaleza que sólo los tajínes pueden dar.

Este Tajín no es un muchacho maldoso,
tiene gracia, don (¡qué don!) para poder decir, hacer y hacer reír,
que lo hace bastante empático con quien se deje convencer.
Yo no me había dado cuenta hasta que me puse a ver los días nublados
donde habita, donde ha habitado toda la vida.

Su madre lluvia siempre le ha reconocido esa chispa de vida:
-Desde pendejo, ha sido un remolino y por eso le quiero aún más.
Él le contesta: 
-Vieja, las vueltas de la vida me han traído la más linda musiquita,
esa que vos escuchas también.

Al igual que el Tajín de Totonacapán, antes apedreaba a los monos
y saltaba encima de los hormigueros.
Hasta que un buen día, la vida le dio la más grande oportunidad:
Subir a las nubes y hacer llover, junto con los Siete Truenos
(los Siete Truenos son los mismos aquí en México que allá en Argentina).

Obviamente, el trabajo de mozo no le era suficiente,
pero sabía que él pertenecía al cielo,
allá arriba, en la décimo sexta nube
pues desde ahí podría ver su Resistencia
y las estrellas le iluminarían la carita en noches de desvelo.

Así que se prepara: viste la capa, desenvaina la espada
(él dice que prestadas, pero en realidad ningún trueno 
ha asentido en confiarle sus mejores armas).
Y se aventura hacia las nubes, con música de fondo.

Se calza las primeras botas,
no le quieren acomodar,
piensa… un corte por aquí, una pintadita por allá
y están perfectas para salir a bailar sobre las nubes
y también sobre pianos, ¿por qué no?
Hace un sonido torrencial pero delicioso al caer las primeras gotas.
Probablemente porque le recuerde que el amor después del amor
se parece a un rayo de sol, o algo así.

Las segundas son más cuerdas
ya que son traídas directas del Paraguay.
Las remienda, les cose unas cintas de colores
y las amarra con un cordel natural,
muy tradicional de esa tierra.
Se le escucha abuelo pero picaresco.

El tercer par pareciera traído del polo norte.
A estas botas prefiere acojinarlas, suavizarlas,
porque tienen que hacer llover de a poquito
para que mojen las ventanas de damiselas durmientes.

Y las últimas que elige, son traídas desde España,
Nicaragua, Canadá y no sé qué jodidas partes del globo.
Están ya algo gastaditas, pero opta, como en todos los casos
por re-crearlas y darles la vida que se le va ocurriendo.

Eso sí, todos los pares de botas que se calza,
los transforma porque nunca se ha sentido satisfecho con copias baratas,
siempre tienen algo de él, algo sobre él y algo para él.
Ya después las envuelve para regalo y las ofrece con las manos bien amplias
a los que le han servido de inspiración; él dice, como un homenaje.

Sale a escena, a veces con una botella de vino tinto,
a veces con música de fondo, 
pero siempre, siempre, siempre, con un cigarrillo.
Comienzan los truenos y nace la tormenta.
Dice que es para desafanarse de las tareas diarias
que trae la rutina de cuidar a siete viejos truenos,
sin embargo yo creo que también es porque su vocación así se lo manda.
Y él obedece, estoico, a los impulsos que salen de sus pulmones y de su corazón.

Sus pisadas van marcando pasos acompasados que caracterizan la lluvia
de tamaño y color diferentes cada vez que se pasea por los nimbos y cirros.
Se tiñen de dulzura y de cariño cuando recuerda eso que le dejó su amor pasado,
ese que ya partió.
De soledad cuando siente que las fuerzas no alcanzan para descubrir
a alguien que le devuelva la mirada, de la misma manera que él es capaz de mirar.
De esperanza cuando evoca los encuentros de los que escuchan
y participan de su misma sintonía, de su misma pasión.

Arrecian las gotas de agua por el campo.
Trato de guarecerme y observar cómo caen para saber si es preciso esquivarlas
o saltar con ellas, escuchando cada caída, cada mililitro bajando a la tierra
los cuales parecen estremecer el alma.   

Al final de cuentas, no tengo por qué decidir,
porque este Tajín es un genio que se hace querer,
porque… ¿quién no quiere a este muchacho que hace llover en tiempos desiertos?
Truena, relampaguea, armoniza, ofrece mimos.
Esta bendita lluvia es difícil que no se haga querer.
Porque él llueve, es la lluvia y porque sigue queriendo llover sobre mojado



martes, 25 de junio de 2013

CHICHA RADIO - SEGMENTOS JUNIO






















lunes, 20 de mayo de 2013

CHICHA RADIO ( SEGMENTOS - MAYO )















 




sábado, 11 de mayo de 2013

UN BAR COMO CUALQUIERA

No sé ni cómo llegué aquí,
o si sé pero no lo quiero reconocer.
Parece que fue una invitación

(¡qué obediente era en ese entonces!),
y nunca hay que menospreciar invitaciones de soles.
- ¿Baglietto dice? ¿Aquí hay música de Baglietto? -
pregunté - pues ¡qué grata sorpresa!
Además me encontré a un hombrecillo
calvo, gentil, que me atendió de inmediato.

- ¿Sos argentina? - preguntó.
- ¡En la vida misma! - le contesté.
Y se retiró como si nada,
mientras una voz invisible y lejana gritaba:
- ¡Cacho! es mexicana. Un tequila para ...

(No será ni la primera ni la última vez que me llamen así).

Entonces esperé sentada
al lado de una mesita pequeña de madera
con fuerte olor a cerveza
que daba a una ventanita
por la cual pasaba el aire fresco de la noche.
Porque sí, ya estaba obscuro.

Saqué la navajita que me regaló mi padre
y comencé a marcar en un costado de la mesa:
Aquí estuvo... y grabé mi nombre completo

(¡a la chingada! si algunos en mi país así me dicen).

Y esperé y esperé y esperé,
mientras aprendía que a Mercedes le decían La Negra,
que los mates no se sirven en una taza,
que los caños no son malolientes hoyos negros,
sino tubos de los que se cuelgan las que sí tienen que enseñar
y enterándome que el significado de "pendeja"
no es tan malo por aquí.

Hasta que llegaron unos personajes muy singulares,
de esos que no se ven en la televisión ni en el celuloide.
Obviamente mi pulso cardiaco aumentó,
comencé a hiperventilar
y me sonrojé como toda buena fóbica social.
Así que me dispuse, primero y lo más importante,
a estar alerta, y segundo, a observar.

En primer lugar,
llegó una jovencita de apariencia dulce,
con un simpático biberón bajo el brazo.
Vestía una playerita que tenía impresa
la figura de un oso panda

(me acordé de la canción de Yuri y del zoológico de la ciudad de México).
Hablaba italiano con un extraño acento argentino
(¡y es que una se puede encontrar de todo en la viña del Señor!).

Después llegó al que yo llamaré
el encantador de sirenas,
pues hablaba y su timbre de voz poseía
toda la escala musical organizada tan armónicamente
que en un dos por tres
podía desvestir y descalzar a cual dama se le acerque

(¡qué manera tan intimidante de embelesar!).

Seguido de él,
llegó alguien que se escapó de alguna clínica de salud mental

(a mí no me lo parecía)
pero por algo la llamaban la loca y además linda
(eso en mi rancho no existe)
y me hizo sentir cómoda con su acento.
Y casi a tumbos,
llegaron dos amantes borrachos hasta el alma,
pero con una sincronía de miradas
que parecía que ya habían vivido diez vidas juntos.

A él, le corría tanta pasión por el cuerpo
que a borbotones le salían versos y canciones.
Ella destilaba tanta fogosidad
que con su entrada subió como tres o cuatro grados
la temperatura ambiental.
¡Vaya madrileño de corazón!
¡vaya nicaragüense de nacimiento
el que se vino a plantar aquí!
¡Vaya venezolana orgullosa y con ansias de cariño
la que vino a dar a este lugar!

No comprendía cómo podían comerse a besos
y a la vez inhalarse y exhalarse
el uno dentro de la otra,
al mismo tiempo, como si el tiempo desapareciera.
Son historias que jamás leerás en una novela.

Fue entonces cuando caí en la cuenta
que no había vuelto a escuchar esa voz
que tan amablemente

(y confianzudamente, ¿por qué no?)
había pedido un tequila para mí
(que por cierto, me parecía de dudosa procedencia).

Tomando dos tragos,
con música de Charly
y muy sutilmente de fondo,
el piano de Fito,
fue la manera como mis niveles de tranquilidad
se asentaron.

Noté entonces que ya no eran "cada uno",
sino que formaban un cálido "nosotros"
que me hizo aficionarme por esa pista
donde sacaron brillo los amantes

(¡claro! después de morirse en abrazos dentro del reservado)
y por esa barra donde los demás
se reunieron a sonreír, a comprender
y de cierta forma,
a vivirse los unos a los otros.

Decidí pues quedarme cien días,
como esa canción de Serrano,
donde se promete no salir con vida,
cerrando todas las salidas
y buscando un mar de ginebra donde encallar.
No me faltó soñarlo en los lavabos
pues un mix me ayudó a darme a esa fuga,
tragando niebla por la nariz.

Y sin darme cuenta,
desperté nuevamente en mi habitación
con una extrañeza
que sólo los desorientados pueden sentir
cuando se dan cuenta y dudan de que lo vivido
probablemente haya sido delirado

(¿se estará enfermando Clarita también?)
o en el mejor de los casos, soñado.
La única certeza que tengo es queno fue un bar como cualquiera.


ESCRITO Y NARRADO POR BETI
VIDEO REALIZADO POR BLADIMIR ORMAZA
EL BAR PAMPA AGRADECE
 

NOCHES DE JANJOR