jueves, 3 de octubre de 2013

HISTORIA DE UN BUEN HOMBRE QUE UN DÍA DECIDIÓ CERRAR EL BAR

La mañana aparece fría, solitaria, como todas las mañanas que nos ofrece el invierno cuando es caprichoso y se resiste a regalar un poquito de candor. Él se despierta con ese ventarrón que le golpea violentamente la cara y anuncia que ha llegado un nuevo día, quizás igual que todos los demás. Se levanta intempestivamente, comienza a recordar que no logró llegar a la cama y que rara vez se queda dormido en la barra del bar. El dolor de cabeza le recuerda que fueron demasiadas copas las que levantó la madrugada anterior, situación que no le sucede regularmente, pues son más bien los clientes los que pierden la cuenta de lo que ha pasado por su garganta y no él, quien siempre los ha atendido tan amablemente, a pesar de su carácter serio y reacio. Desafortunado, tal vez, pero nunca, nunca, ha sido malicioso ni sinvergüenza. Este hombre de mediana edad se pregunta qué es lo que le sigue a ese momento sorpresivo en el cual comienza a darse cuenta que ni los años son los mismos, ni él ha cambiado de forma sustancial. Simplemente se queda cabizbajo mirando perdidamente los vasos vacíos, la pista desierta y la ceniza de los cigarrillos muertos que esparcen el aroma de sueños decepcionantes y realidades baratas. “Mmmmm, es tiempo de dejarlo” – piensa, como si quisiera convencerse al cien por ciento de lo que su mente dicta. “Es cierto, los clientes vienen, algunos ya rara vez se asoman, pero siempre hay alguien aquí que quiere emborracharse y dejar de lado su historia personal” – reflexiona, tratando de convencerse y afirmar con la cabeza eso a lo cual se resiste su corazón. Y en realidad, nunca son los clientes o la música o el hábito de beber solitariamente en un lugar extraño al hogar. En realidad es él, quien el día de hoy no siente más ánimo para prepararlo todo, nuevamente, ritualmente y ofrecer ese lugar que ya no es tan de él. Así que se aventura a dejar todo limpio, ordenado y acomodado para que el polvo comience su proceso natural de hibernación. Guarda con cuidado las bocinas y apila los discos y cassettes en cajas de madera para que el futuro decida después qué hacer con ellos. Cierra con llave la cava y envuelve con mucho cuidado en trapos de algodón cada uno de los vasos de cristal que se han paseado tantas veces por sillas, mesas, barra y han llegado a parar al suelo. Esos pobres astillados, que sin deberla ni temerla, a veces son maltratados por los ebrios malabaristas que ingenuamente confían en que nunca darán al piso por más que ingieran litros de alcohol. Las copas lo miran valientemente, con cara de pocos amigos, pues su destino no consiste en estar guardadas en cajas viejas de cartón, sino brillar bajo las luces del escenario, como tantas noches lo han hecho conteniendo líquidos de diversos colores. Termina todo al fin, después de media tarde y asiente con la cabeza como dándose una aprobación a eso que no termina de asimilar. Cerrar el bar, a estas alturas, no es precisamente lo que había planeado en un inicio. Pero es un comienzo para otra cosa. “Espero…” – piensa. “Espero que sea lo mejor”. Sube las escaleras y observa el dormitorio y la cocina que siempre han permanecido aparte de todo el bullicio que genera la estancia de la planta baja, donde hace ya varios ayeres acondicionó como bar. La cama lo mira tan tristemente, reclamándole por qué ha sido tan ingrato y no ha permitido que una dama se quede más de dos noches. La mesita con las dos sillas que ocupan el pequeño espacio alrededor de la estufa y el refrigerador, se percibe molesta, como si tuviera dos ojos penetrantes que le echaran en cara la ausencia de otra figura humana cuando él se sienta a almorzar. Nunca lo había sentido así, pero ahora su pequeño apartamento le parece amenazante e intuye que por la noche lo querrá asesinar. Así que prefiere salir a caminar, imaginando que cuando llegue, las intenciones mortíferas de sus muebles se hayan adormecido con el paso de la noche. “Ojalá” – piensa. Busca el abrigo café que se encuentra colgado en el perchero y se dirige a la puerta. Una última mirada en el espejo le devuelve la mueca que ha traído todo el día en la cara, como si tratara de hacerlo reaccionar para cambiar ese semblante. Pero no tiene otro que mostrar. Cierra de un portazo la entrada y se dirige con paso rápido hacia el parque, como queriendo huir lo más pronto de ahí. Prefiere no pensar, prefiere no recordar, prefiere evitar las miradas de los que pasan a su lado por el temor de que algún rostro conocido lo detenga y lo salude mecánicamente, sin ánimo de ofender. Al llegar al parque, se da cuenta que hay demasiada gente y que también eso lo irrita, pues los niños, jóvenes y parejas forman un cuadro tan familiar que la miel que despiden se le resbala por las córneas de sus ojos y le hacen lagrimear. Regresar tampoco, no vaya a ser que esa noche sea su última ya que las miradas feroces de los enseres domésticos le advirtieron que es posible acabar con la vida de un hombre el cual no ha sabido acostumbrarse a la soledad. Se resigna. Permanece sentado una hora, dos horas, tres horas, tratando de esquivar todos los recuerdos que el bar le ha regalado desde hace mucho tiempo. Sus ojos se detienen en la línea de la banqueta, en la pequeña flor que sobresale del pasto seco que está al centro de la plaza, en los rayos de las bicicletas que dan vueltas y vueltas y vueltas sin razón, en el balón de fútbol que atraviesa su línea de visión y corre alegremente hacia la calle donde pasan los vehículos veloces, sin considerar a los jóvenes transeúntes que se arriesgan a cruzar corriendo hacia el otro lado. “¡Ya sé! ¡canciones!, me vendría bien intentar recordar canciones antiguas de mis viejos” – piensa con entusiasmo, como si encontrara una fórmula mágica para desvanecer toda esa inquietud que le ha traído el cierre, la partida y el amago de muerte de su casa. Sin embargo, en el momento que lo piensa, se activa la represión característica de quien desea algo con todas sus fuerzas y el inconsciente se opone tenazmente por el simple hecho de ser rebelde desde su concepción. Así que, por más que lo intenta, no logra tararear una sola melodía de las que ponía su madre cuando él era niño y le acompañaban al hacer la tarea, al esperar con gusto la merienda que ella tan cariñosamente preparaba en la cocina. Después de estos intentos fallidos por olvidarse de todo, decide regresar, apenado, frustrado, decepcionado y temeroso de volver a lo mismo, a aquello que ha hecho tantos años y que ha querido cambiar. “Sólo a un inepto se le pudo ocurrir esa frase de ‘Querer es poder’” – piensa mientras se dirige con paso lento hacia el lugar de donde salió. La noche ha caído y en el transcurso del camino, se encuentra con dos de sus clientes que insistentemente le preguntan si más de rato abrirá el bar. Él titubea, los mira a los ojos y a punto de decirles que no abrirá más, se convence desde lo más profundo que su respuesta es inevitable y a pesar de su frustración, asiente desganadamente, como aceptando que sus decisiones son efímeras y está en su naturaleza, regresar por el mismo camino. “En unas horas abrimos el bar” – se repite constantemente, hasta que su voz logra sonorizar ese pensamiento que ha habitado mucho su tiempo su cabeza. Puede ser un fracaso, puede ser la costumbre, puede ser el destino, incapaz de ser cambiado, o simplemente la inercia de una decisión tomada ya hace mucho tiempo. Él no lo sabe con certeza, pero lo que sí realmente sabe es que hay historias que son susceptibles de modificarse, de transformarse, de renovarse con el pasar de los años. La suya no es una de esas, la suya es la que está condenada a repetirse día con día, sin que nadie tenga posibilidades de salvarla. ¿Por qué? Porque él sigue siendo uno y, uno sólo, no puede cambiar su propia vida, si no hay otro que se arriesgue siquiera a mirarla, a abrazar lo que él no logra ver de sí, con la esperanza de convertirse en dos.

 Publicado por La morrita que se llevó las papas en 19:01

AUDIO
 voces: beti solano - ramiro parisi
 texto: beti solano
edición ( con casettes ): cacho
 

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